Después de los incendios, temerosos de la próxima chispa —¿dónde?, ¿cuándo?, ¿quién?—, quedan pocas ganas de escribir, tanto se ha dicho ya. Aunque, parafraseando a Valente en su sana desautorización de Adorno, aquello de, «después de Auschwitz, cómo no escribir», después del fuego también, cómo no escribir. De lo mucho escrito, cito aquí el blog de Ferrer Lerín, donde ofrece un ángulo de incomodidad muy necesario, enfermos como estamos de sentimentalidad y autocomplacencia («Higiene extrema», El Boomerang). Cito también a otro de nuestros grandes escritores, Miguel Ángel Curiel, desde el ángulo de lo personal vivido en otro momento, aunque, al borde del incendio, todos los momentos pueden ser un mismo y único momento («Carta de adiós para un río o en las fuentes del Tiétar, elDiario.es). Y quiero traer, por último, un artículo de un profesor universitario de ecología, Francisco Martín Azcárate («Aprender a convivir con el fuego», El País), por el nuevo rango semántico que está adquiriendo la palabra paisaje. Hace años, en el otro blog que tuve, escribí una entrada sobre el libro de Alain Roger, Breve historia del paisaje, traducción de Maysi Veuthey. Allí se documenta la evolución del término, muy unida a la mirada nostálgica desde la ciudad. Recuerdo que me llamó la atención una idea: para los campesinos, la idea de paisaje no existe, le buscan un significado relacionado con la producción y, cuando les preguntan si un paisaje es bello, dicen que sí, que tal tierra da tantas fanegas de trigo, que en aquella otra pastan tantas cabezas de ganado, etc. Frente a esto, me llamaba la atención el aserto de Emerson en La naturaleza: las tierras no son de fulano o de mengano, sino del que las contempla. La idea del paisaje solo habría entrado en la psique occidental con el romanticismo y la mirada diferida y distante. Y un paso más en la evolución se está dando ahora cuando, en su artículo, el profesor de ecología habla de «construir paisajes», de «la gestión del paisaje», de «recuperar cuanto antes el paisaje perdido», de «reproducir el paisaje que se quemó». En la radio oí que hablaban del bosque, reseco y tupido este verano, como de un «paisaje peligroso»; y, al recoger titulares de la prensa extranjera, en las noticias hoy mismo han dicho, a propósito de los incendios griegos, que se había «convertido el paisaje en material inflamable». De no existir para el que lo pisa, de brillar solo para el que lo contempla, el paisaje ha pasado a ser un problema para el que tiene que cuidarlo. Estoy hablando, claro está, de un paisaje combustible, es decir, el monte, el bosque, otra construcción cultural en gran medida. Me da la sensación de que hemos desnaturalizado el entorno, lo hemos deshumanizado precisamente al reducirlo por idealización, usufructo o maniqueísmo, al pensar en paisajes peligrosos, hostiles o bonancibles. Si la enfermedad trajo consigo sus metáforas, según enseñó Susan Sontag, la mirada a lo natural también las tiene. Pienso si no será más justa, en la doble acepción de ecuánime y precisa, la mitología griega. Porque hace unos días, traduciendo, me he encontrado con unas deidades que no conocía, las hamadríadas o hamadríades, el alma del árbol. Y pone los pelos de punta pensar en el espíritu vital de tantos animales y ganado como habrán ardido, y en el de las almas de tantos y tantos árboles quemados hasta la raíz. Hace no muchos inviernos, en una fotografía que aquí reproduzco, cuando el fuego solo ardía en nuestros corazones, me dio por hablar del aura del paisaje, ese pan de oro que parece que pintan las berceas mecidas por el viento. Pero mi mirada tampoco acertaba a dar con la definición exacta de paisaje.

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