Pastoras en la roca. Lagunas cervantinas I
Cuando hice Filología Hispánica elegí una asignatura optativa centrada en la obra de Cervantes. Ya había estudiado el Quijote un par de años antes, pero me deslumbró otra vez, también los estudios clásicos, Américo Castro, Riley, Ortega. Lo leí casi todo pero no me dio tiempo a llegar a las Novelas ejemplares. Las tenía en la estantería, los tres tomitos amarillos en la edición de Avalle-Arce en Castalia. Pensaba que las leería después, pero pasaron los años y se acumularon otras lecturas y hasta ahora no las había tocado. Y tengo que decir, pasados quizá también los entusiasmos, que me ha quedado un sabor agridulce. Sí que es verdad que la primera de todas, La gitanilla, puesta ahí a conciencia, es la que más frío me ha dejado, que las hay mucho mejores, algunas, geniales, pero me ha pasado con las Novelas ejemplares como con muchas segundas o terceras películas de directores españoles que me encantaron con su debut. Familia, Flores de otro mundo, La buena vida, Verano del 93 son películas maravillosas, llenas de originalidad y conmovedoras en el retrato humano que ofrecen, muy pegado al hueso, y en la feliz consecución de sentido y forma. Hay quien cree que las mejores novelas de un autor o de una autora son las primeras, porque están mucho más trabajadas, el manuscrito recorre un calvario de negativas y correcciones que lo mejora. Luego el autor se instala en su condición de tal y se duerme en los laureles, atiende a la necesidad de nuevas entregas que le impone el sistema literario de producción. Y a veces hay una especie de prepotencia desde la que se crea en segunda instancia, como diciendo: ahora que ya he logrado situarme, ahora voy a cambiar el mundo. Se tuercen los hilos del relato —en definitiva se trata de cuestiones narrativas— para dar una imagen de lo que debería ser el mundo. Pero ese exceso de voluntarismo debilita el resultado final y nos encontramos con lo endeble de la forma y el triunfo de las buenas intenciones. En cierto sentido les funciona, porque ahí está el Oso de Oro a Alcarrás, una película indigna sucesora de Estiu 1993. Antes, siglos antes, don Miguel anticipa, entre otras cosas, el movimiento woke defensor de minorías, y abre su gavilla de novelas con un mundo ideal que distaba mucho de existir en la España de la época. La crítica lo explica porque el dedicatario era otro, y había que ofrecerle un mundo idealizado. La crítica lo defiende porque, frente al punto de vista que monopoliza el pícaro, exclusivo e impositivo, Cervantes ofrece siempre una voz plural y dialógica. Pero nos sigue pareciendo más auténtica y conmovedora la cara B del Siglo de Oro: la picaresca. ¿Cómo negar las buenas intenciones del relato cervantino que busca desestigmatizar a los oprimidos y acabar con malsanos prejuicios de siglos, la defensa de los más débiles y la denuncia de las injusticias? Quizá ese sea el problema, que cuando los autores se ponen a defender y a denunciar, sus obras se resienten, pierden especificidad literaria y se arriman peligrosamente al panfleto. Se tensan las costuras de la verosimilitud. Caen en la narrativa ideológica. Después de La Galatea, la incipiente novela pastoril de Cervantes, los personajes abandonan el acartonado marco bucólico de los bosques y plantan los pies en la España de la época, tienen nombres reales, cruzan una geografía poblada de sitios que existen. Las pastoras bajan de la roca, a la que se subieron para proclamar su libertad, y entran en la alcoba, donde pierden lo más sagrado: el honor. El buen amor defendido por Cervantes en toda su obra parece menos convincente en las Novelas ejemplares. Se ha patrimonializado el eros, y la mujer, nos tememos, ha salido perdiendo. Es un avance en el desarrollo de los géneros novelísticos que don Miguel se encarga de ensalzar en su prólogo. Y un triunfo de su prosa. Pero el marco novelístico canónico con su ganga ideológica no funciona cuando se lo traspone a la España real del seiscientos. Sí funciona con el Quijote porque la parodia impone su vigencia, hace de lente que deforma la realidad y da forma a la novela. Menos mal que, pasado el sarpullido voluntarista, volvió a las esencias, acumuló nombres y geografía, expurgó convenientemente el exceso de ideales, los sometió al escalpelo de la ironía y nos dio, ahí sí, el ejemplo de la novela moderna. ¿Salvables? El Coloquio y su defensa de los animales, Rinconete y su tempo extraño que puede que dé como resultado una novella fallida pero instaura una exquisita stasis en el relato. Y La fuerza de la sangre, que empieza con una violación y acaba en matrimonio, la más redonda.





