Con H de halcón
Lo vi cuando bajaba de Alto Marranos al camino de Grajos, en el canto ciclópeo que se sostiene en equilibrio encima de otro más grande, detrás del edificio donde centralizan la electricidad de los aerogeneradores. Antes había visto una silueta parecida volando en el monte de encinas que queda detrás de mi casa. Si no tienen la cola en forma de horquilla, no son milanos; y si no abren las alas como si fueran dos manos de dedos abiertos, con la gigantesca efigie negra contra el cielo, no son buitres. Es curiosa la jerarquía de la mirada, el valor que le damos a lo que vemos en función de su rareza, su tamaño, lo pegado al hueso que tengamos cada bicho en cuestión. Los milanos están por todas partes; los buitres, también. Pero si es en bosque y no tiene la cola ni ahorquillada ni redonda, podría ser un gavilán o, más raro aún, un azor. Lo vi esos días que estaba leyendo el libro de Helen Macdonald H Is for Hawk, Con H de halcón, según se publicó en España en Ático de los libros, traducción de Joan Eloi Roca. El del encinar no lo era porque no creo que aniden entre árboles tan bajos y entresacados como las encinas. Pero ese que vi desde Alto Marranos, con lo cerca que queda el tupido pinar pegado a la cara norte de la sierra, ese podría ser un azor. Mucho antes de que yo ganara el camino, echó a volar y se perdió en dirección a los pinos, no me dio tiempo a verlo bien. En el primer libro que traduje, Los cisnes salvajes de Coole, de W. B. Yeats, hay un poema titulado «The Hawk», y lo traduje a la ligera como «El halcón». Me escribió Paco Ferrer Lerín para sacarme de mi error: hawk pertenece a la especie Accipiter, rapaces de mayor tamaño que anidan en bosque y cazan esperando a la presa, camuflados con el pecho jaspeado entre las ramas, volando a ras de suelo para atrapar gallináceas o conejos. La traducción en español debería haber sido «El gavilán» o «El azor». El halcón pertenece a otra especie, Falco, es más pequeño, anida en roquedo y caza en vuelo por impacto directo con sus presas a 300 km por hora. En el poema, Yeats habla de bosques, por si hubiera duda. La confusión de términos, sin embargo, es muy común en uno y otro idioma para los que no somos expertos, pues en español se habla del halconero, así, en general, no del «azorero»; y en inglés la cetrería es falconry, no hawkery ni nada parecido. En el libro no, pero en la adaptación al cine, la protagonista se ve en la necesidad de corregir a la gente cuando la ven pájaro en mano y lo llaman falcon. «Goshawk», corta ella, molesta por la insistencia en el error. Y el nombre del ave que entrena podría estar relacionado con la presa que cazaba en tiempos remotos, el ganso, goose, frente al gavilán, más pequeño, depredador de aves paseriformes como los gorriones, en inglés sparrow hawk. Helen Macdonald se sabe inmersa en una tradición de lo que se viene llamando nature writing en la que el escritor sale al campo para curar una pérdida personal y allí entabla una relación magnética con un animal salvaje. Un precedente ilustre fue The Snow Leopard, de Peter Matthiessen, publicado en España como tantas otras joyas por Siruela. La autora lo menciona expresamente. Ella ha perdido a su padre, fotógrafo de prensa muerto de un infarto; y Matthiessen, a su mujer, víctima del cáncer. Los dos se refugian en la naturaleza, persiguen o entrenan un animal huidizo y nos dan la maravilla de su testimonio, como si lo natural fuera una cura lógica por la pérdida de un ser querido. El leopardo de las nieves respira budismo zen por sus cuatro costados, el autor recurre a la meditación para superponer esa sanación a la de la quête que lo ha llevado al Himalaya. Con H de halcón respira un espíritu distinto, la lectura freudiana de otro libro sobre un azor escrito por T. H. White en la primera mitad del siglo XX: The Goshawk. El de Helen Macdonald es de nuestra contemporaneidad, escrito para arrasar en ventas. Tiene todos los elementos necesarios: la sentimentalidad, el acopio de datos y experiencias, la mirada experta, el lenguaje aquilatado a base de metáforas originales y sugestivas para acercarnos a lo natural, a veces un poco rebuscadas. A mí lo que más me sobra es la sentimentalidad, rayana en ñoñería, devoro el conocimiento que la autora tiene de cetrería, aunque a veces cansa esa voz experta que constantemente se declara bisoña. Y me parece decepcionante el final: después de páginas y páginas dedicadas a vivir obsesivamente con un azor, casi en su misma piel, lo liquida con un hongo que contrae el ave. Así, sin más. Y no en el cuerpo del libro, sino en los agradecimientos. ¿Quiere darnos a entender que está curada y que, al soltar, como se dice ahora, al dejar ir el azor, este se ha llevado el recuerdo obsesivo del padre muerto? Demuestra, en cualquier caso, que hasta la mirada experta y dolorida puede ser espuria, mirar a lo natural con la miopía congénita de nuestra especie y la voluntad de aprovechamiento. Eso sí, el libro se sostiene a lo largo de sus muchas páginas, y hay momentos sobrecogedores, como cuando compara los dos medios en los que se mueven depredador y presa, azor y liebre, el aire y la tierra, como Ícaro y Anteo. O la descripción del paisaje como un espacio que hacemos nuestro habitándolo, una síntesis feliz de los dos ejes, historia y biología, el campo y las balizas de vivencia con las que lo marcamos desde niños. De pequeños capturamos en Balbarda un polluelo de cernícalo y lo estuvimos alimentando todo el verano. Cuento la historia de aquel expolio en un relato que ojalá se publique algún día.





