De Hielo, libro de poemas de Andrés Fisher, se me quedó grabada una frase, cuando habla del «gato y la potencia que lo habita». Sin embargo, se diría que en esta foto es justo al revés, como si el gato se vaciara de sí mismo y de todo poder, y dejara entrar ahí el paisaje. Ayuda el pelo de la gata, parecido al patchwork de las colchas de las abuelas, que se proyecta en la imaginación sobre el parcheado de los campos. Fue la primera que interactuó conmigo cuando llegué al pueblo. Se dejaba acariciar, maullaba con tono de reproche si tardaba mucho en ir y se tumbaba boca arriba en señal de sumisión o juego, nunca lo supe. También fue la primera a la que le puse nombre, Tiznada, por el pelaje a manchas. Hasta que me dijeron que no era nombre para gato, que la llamara Tiz, y al final fue Tizzy, pues sonaba más entrañable. Con el tiempo vi que lo más acertado sería llamarla Perla por el gris jaspeado tan bonito. También en eso mimetizaba un paisaje en el que predominan los tonos minerales, el omnipresente granito, y lo cárdeno del campo en pleno otoño. Perlita era la reina, pero llegó la primera camada de la hembra alfa, y sobrevivió Nkor (New Kid on the Rock), un gatillo lleno de vida y encanto que ha acabado defenestrando a Garfield, el macho dominante anterior. Se me iban las manos al gatito, que hacía carantoñas y apretaba la cabeza para recibir las caricias. Perlita se ponía celosa, bufaba y le tiraba tarascadas. Luego llegó la camada del año siguiente, sobrevivieron tres, y Perlita quedó más relegada todavía, aunque le diera caricias y comida igual que a los otros. Estaba mustia y recelosa y repartía bufidos y zarpazos entre los más pequeños. Los gatos se parecen a nosotros en eso, son presa de los celos, se aburren, agradecen la compañía del otro, es muy relativo lo de su independencia. Igual que en nosotros. Un día dejó de acudir al poyete donde les pongo el agua y la comida. Pensé que seguía en su zona del pueblo —también son territoriales—, que ya volvería. Pero no volvió. No sé qué habrá sido de ella, si se habrá vaciado del todo para que el paisaje la ocupe por completo, si la muerte será eso, una ausencia que colme el campo. Y Nkor, coronado nuevo rey gatuno, temblaba el otro día cuando apareció un macho negro bellísimo de ojos de ámbar. Se estuvieron retando unos minutos, con las orejas pegadas al cráneo y los ojos muy abiertos, soltando cada uno su chillido gutural, más parecido a un ulular demoníaco. Estuve un rato contemplando la escena pero luego no aguanté más, intervine con una palmada y un «Fuera de aquí», y el gato negro se fue todo digno. Volvió al día siguiente, y Nkor estuvo muy estresado, me clavó más las uñas y los colmillos según fui a acariciarlo y jugar a que nos retamos, a que el corral es mío, cuando todos saben que no es cierto, que, por la musculatura, el pelaje de pantera y el naranja de los ojos, el territorio es más que nunca del gato y la potencia que lo habita.

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8 respuestas

  1. ¡Qué delicia de texto! Observar el mundo a través de tus palabras siempre se convierte una invitación a lo sutil, lo pequeño e íntimo, que deja instalado al lector en el centro de la belleza, nada ostentosa, pero sí mágica.

  2. Mil gracias, Carmen! No quisiera idealizarlos, las colonias de gatos también destruyen mucha fauna, pájaros y reptiles, y todos son hijos de Dios!

  3. Una historia gatuna preciosa que invita a quedarse pensando todo el día. Qué manera tan poética y exquisita de escribir. Me he dado cuenta de que son mis gatas las dueñas del territorio, más que los «dueños». No sé quién es dueño de quién. Mucha pena por Perlita. Su ausencia no augura nada bueno. Ojalá que en cualquier momento vuelva sana y salva.

    1. No creo que vuelva, Blanca, muchas gracias por tus palabras. Ni Garfield, aunque tengan siete vidas, me parece que oportunidades tienen solo una, quizá sean seres efímeros y bellos y por eso los admiramos tanto.

  4. Precioso, increíble como conviertes algo cotidiano de un día a día cualquiera en un texto tan bello
    Felicidades, impaciente por leer el siguiente

    1. Muchas gracias, Ana. Yo también estoy impaciente por ver cómo ha quedado el combate, con las espadas en alto, que diría Cervantes. Ayer precisamente estuve en el Prado y vi un cuadro de Goya, preparatorio para un tapiz, «Riña de gatos», y es tal cual la escena que intentaba describir aquí, hasta los gatos son, uno negro y el otro gris.

  5. Precioso. Los gatos son seres especiales, muy individualistas, pero que dejan su impronta personal. Aunque no tengo ninguno (soy más de perro, como sabes, aunque sin pasarme), algunos vecinos de mi infancia gijonesa sí los tenían, y siempre marcaban territorio. También mis dos hermanos los tienen -ya van por la enésima generación- y en sus casas los gatos tienen ese lugar especial que se han ganado a fuerza de insistir y persistir. Tanto que, cuando hace unos meses se murió uno de los gatos, se desencadenó un largo y desolador duelo familiar.
    Donde sí vi muchos últimamente fue en Jordania. En cambio, apenas un par de perros en toda la semana.
    Sigue escribiendo, y comunicando. Feliz verano

    1. Muchas gracias por tus palabras, Alberto. En los países árabes me parece que se prefiere el gato al perro, relativamente sucio en la psique colectiva, creo. Yo no tengo gatos, me tienen ellos a mí, me ceden el privilegio de habitar su espacio, me toleran, se podría decir, aunque algunos son muy cariñosos, y todos, bellos, bellos. También sé que si tuviera el tamaño de un madelman, no dudarían en devorarme después de jugar un rato conmigo a que luchamos. Recuerdo la escena del gato en El increíble hombre menguante y se me ponen, como a ellos, los pelos de punta. Feliz verano!

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