MELVILLIANA. NOTAS A UNA LECTURA DE MOBY DICK
Admiramos a los escritores que han hallado la forma necesaria, ni más ni menos, para la expresión de la estructura narrable. Los que cuentan qué pasó en pocas o en muchas palabras y se pueden permitir el desbordamiento de la estructura por pura expresión, la forma caudalosa y bifurcante de sus novelas, un río narrativo que al fluir forma su propio lecho y sus meandros mientras avanza en su curso inevitable y necesario. A veces el río se desborda, y entonces el problema puede ser de impericia, incluso en un autor que lo es de más de una obra maestra. Melville, por ejemplo, en Moby Dick, da con una estructura nueva por pura incapacidad de meter en una novela de desarrollo convencional todo lo que quería contar sobre las ballenas. O sobre el mar. O sobre el que lo cruzaba, Ahab y su obsesión oceánica. En Moby Dick la expresión rompe las costuras de la forma y da pie a que escritores posteriores jueguen con los géneros literarios dentro de una misma novela. Así se explica que no fuera del todo bien recibida en su tiempo. No se comprendió su forma, en aluvión. No le perdonaron cierta torpeza en el ensamblaje de materiales. La pieza impresionista sobre Nantucket, por ejemplo, o el monólogo interior de Ahab después de la ceremonia del juramento-brindis con los arpones son ejemplos de esa escritura híbrida cada vez más de moda que podía hacer pasar estos capítulos por un poema en prosa, un género que ya en los tiempos en los que escribía Melville se estaba gestando como nueva visión de la realidad.
Fui a Nantucket en mi viaje para ver edificios de ladrillos por el este de los Estados Unidos, en julio de 2010. Iba a bordo del ferry en un día menos caluroso que el anterior, pero lleno de sol, brisa y sal. Recordé también que mi viaje, y por qué no, todos los viajes podrían tener como título Impressions of a Map-maker, como me había llamado Keith, un joven estadounidense que conocí en Boston. Impresiones de un cartógrafo. Hablando de mapas, el de Cape Cod recordaba un ancla a flote sobre las aguas, navegando hacia el Atlántico, con la mitad del aspa semihundida, y la otra mitad, a modo de mástil y gancho. También podría ser una jorobada ballena con media cola fuera. Desde que lo vi por primera vez, ese mapa siempre me había recordado la punta de un arpón: un objeto metálico, como apareció desde el aire, recubierto por la fina película metálica del atardecer; un proyectil que navegaba y abría proa, como vanguardia de una nueva civilización en el océano. Melville, en su capitulito de Moby Dick dedicado a Nantucket, habla de su forma en el mapa, pero no de que le recordase a algo tan familiar para un escritor marinero como debía de ser un arpón. Quizá esa naturaleza contradictoria del metal que navega, del ancla y el arpón, lo que sujetaba el barco al fondo del mar, y lo que detenía a la gran isla que era la ballena, quizá esa paradoja explicara el oficio sangriento que ocupó durante más de un siglo a los habitantes de aquellas tierras. El cartógrafo fantasea con las formas y es consciente de que, según progresaba la tecnología topográfica, según iban ganando complejidad las cartas de navegar, precisión y refinamiento, más se quedaba en el mapa, y menos en la imaginación. Es consciente también de que así nacía el paisaje: la idea inventada que el ser humano se hacía del paisaje. Antes de eso, la imaginación nos invita a pensar que un guerrero continental, en un tiempo previo a la Historia, disparó con su ballesta una flecha, y que el tiempo geológico detuvo el venablo justo allí. La ballesta, que sería Cape Cod, estaba medio hundida; y la flecha solo conservaba su punta de hierro, el mapa de Nantucket. Pero ¿cuál era entonces el objetivo? ¿Un animal inmenso y blanco que burló al cazador gracias a su aerodinámica forma?
Fragmento del libro de ensayos Huyen los signos, inédito, que incluye los prólogos a algunas de mis traducciones y estudios no publicados.





