Después de la pandemia compré una casa vieja en el pueblo de mi padre, en Ávila. Había que hacer reforma, y me hablaron de un tejero artesanal en un pueblo de Salamanca. Lo llamé, resulta que también hacía baldosas, tenía una hornada de unos 120 metros cuadrados y la dejaba a un precio razonable. La obra se retrasó y hubo que buscarles sitio a las baldosas. Afortunadamente, alguien del pueblo me dejó una cochera, y, cuando las trajeron, las metieron allí con una grúa. No estuve en la descarga, y las habían puesto en mitad de la nave, sin darse cuenta de que el dueño de la cochera tendría que meter el coche. Corría prisa y me puse a la labor de cambiarlas de sitio, pegarlas a la pared para que el auto pudiera ocupar el resto del espacio. Ese fin de semana fui yo solo al pueblo, tenía lumbalgia, no podía cargar con mucho peso y debía moverlas una a una. Tardé varias horas, pero fue un trabajo impagable. Las cogía con ambas manos y las trasladaba unos metros, sentía la rugosidad, los hoyuelos, tenían protuberancias y pequeños cráteres como las fotografías de planetas tomadas desde muy cerca de su superficie. El molde sería el mismo para todas, pero cada una era distinta; predominaba la arcilla roja, aunque la había de un naranja pálido, oscuras como chocolate, coloradas, de un rojo sangre que recordaba a sus primos hermanos, los ladrillos. Algunas tenían aguas formadas por no sé muy bien qué líquidos, blancuzcos, verdes, marrones; otras, rasguños lineales, como trazados con una escoba de ramas. Había muchos insectos, sobre todo arañas, seres ínfimos sorprendidos en su afán que habían viajado decenas de kilómetros. O quizá fueran nuevos colonizadores llegados a la superficie de aquel planeta rojo en los pocos días que las baldosas llevaban allí. Algunas tenían marcadas huellas de gato, de perro o zorro, recordaban los documentales que muestran los hoyuelos dejados en el barro por el paso de los grandes felinos en la sabana.
Mi labor aquel fin de semana tuvo algo de mesopotámico: había que levantar dos pequeños zigurats contiguos, formados por piezas de arcilla sin argamasa. Algo de castigo de Sísifo también, cíclico y gratuito, un traslado de apenas un par de metros para que luego los soladores las llevaran a la casa y allí las pusieran. Se me llenaban las manos de pigmento rojo, dolía el músculo piramidal cuando me agachaba para cogerlas y luego para soltarlas, pero disfruté con aquel trabajo manual. Sería exagerado decir que recuerdo cada una de ellas, pero todas dejaron las huellas de su particular fisonomía en las yemas de mis dedos. Era casi una caricia aquella forma de cogerlas y soltarlas despacio, con un roce, para prolongar el tacto rugoso de su superficie entre los dedos. El centro de la cochera no estaba techado, y por ahí entraba a veces, cuando se atrevía, una golondrina que acababa de hacer su nido en las vigas del tejado. Estuvo mucho tiempo sin entrar, pero yo no podía acelerar la labor de traslado. No quería. Sobaba un instante cada una de las baldosas y era consciente del tiempo detenido, como imagino que deben de serlo en algún momento del proceso los que levantan un edificio, sabedores de que, con toda probabilidad, durará más que ellos. Imaginé que algún día las pisaría cuando fuera de un rincón a otro de la casa, o de camino al corral o al campo; pensé también que quizá habría alguna que jamás pisaría, baldosas apartadas o secretas que nunca conocerían el roce de mis pasos. Sobre aquella arcilla pasaría, allí podría arrodillarme, tumbarme o caerme muerto. No sé cómo pero me pareció que las baldosas le ponían un broche a este afán mío de recorrer el mundo buscando edificios de ladrillo. Como si estas piezas que ahora piso fueran lo único que iba a quedar de mi recorrido por el mapa. Eso y la locura a vuelapluma de estos viajes sin tensión ni pretensión narrativa de hace más de quince años. Las palabras se las lleva el viento. La arcilla también, pero pesa más y tarda, deja como un muñón que acaba fundiéndose con el perfil igualador de la tierra. Tierra que vuelve a la tierra.
Preliminar del libro Apuntes de viaje bajo un cielo de ladrillo visto (2009-2011), inédito.






6 respuestas
Gracias Carlos Jiménez por tu narrativa , que nos hace parar y valorar muchas cosas que parecen insignificantes y tienen un significado más profundo .
El mundo necesita parar y leer narrativas como ésta .
Muchas gracias por tus palabras!
La mirada de poeta que siempre te acompaña y que da valor a cada pieza, la saborea de manera distinta, con los sentidos y a través del lenguaje. Me ha encantado, Carlos.
Gracias de corazón!
Me ha gustado mucho poder observar la consciencia presente en el movimiento lento y satisfecho de las manos, dificultoso del cuerpo, y la mirada detenida en lo diminuto. Gracias por compartir.
Mil gracias!!