Parece una mujer con moño que levanta la cabeza al cielo pétreo en gesto de desafío. El nombre del paraje, Alto Marranos, como tantos en nuestra geografía, es un enigma. ¿Reunían allí las piaras de cerdos antes de bajar al encinar para dar comienzo a la montanera? ¿O alude a la forma de rebaño de redondos lomos que tienen las piedras vistas desde lejos? Aunque cuando estás encima del Alto lo que llama la atención son los cantos ciclópeos con forma antropomórfica. Está la mujer del moño —¿o es un guerrero amerindio, por la nariz y los pómulos, como cortados a cincel?—, y está también la testa aplastada por los lados como una escultura de Giacometti o las cabezas de Jaume Plensa que salpican el paisaje urbano. Dicen que en los aledaños tiene su guarida un jabalí macho muy grande, y me pregunto si el nombre vendrá del gran verraco. En días claros se ve la Bola del Mundo y la Maliciosa, el conjunto de piedras tapa la visión de los Picos Zapateros al sureste, la del puerto de Menga más al sur, y la mirada escarba por el norte en los últimos pliegues de la Sierra de Ávila antes de perderse en la llanura de la Moraña. Cuando bajas al camino de Grajos, los tupidos ramos te llegan al pecho, y es fácil tropezar y caer de culo, imaginar entonces que le miras a la cara a un marrano gigantesco, escondido en la maleza. Vuelvo siempre por la carretera de tierra entre los molinos, deslumbrado al dar vistas a lo de Valdecasa, las navas y pedregales, los huertos de paredes fundidas ya con el entorno, el par de álamos que siguen en pie en un paisaje casi megalítico. Jaume Plensa repite a modo de poética lo que dijo William Faulkner al recibir el Nóbel, avisando a los jóvenes que tienen prisa por triunfar en la escritura, algo así como que la obra del creador es la relación entre la escritura y su corazón. Siempre pensé que eran palabras fáciles, un tanto gratuitas en boca de quien recoge un premio desde su posición privilegiada como creador ya situado. Pero, asomado a estos paisajes, hechizado por las formas circulares en las rocas, se adivina otro sentido en esas palabras. Es lo que llamaría el aura del paisaje, el vaho que exuda lo mineral delante del que lo mira religado a la tierra. Ahí se funden el adentro y el afuera, teñimos el paisaje con la mirada, y la piedra nos transmite la vibración de su energía y mueve a la emoción y al deslumbramiento. Creo que lo redescubrí hace poco con la lectura de El hombre aproximativo, o aproximado, de Tristan Tzara. En el prólogo a su traducción de Cátedra, Alfredo Rodríguez López-Vázquez recuerda que, para el creador del dadaísmo, la poesía no era un medio de expresión, sino la pura manifestación del espíritu. Me da la sensación de que Plensa, Faulkner y tantos otros están hablando de eso, de que el afán por publicar pasa por alto algo más íntimo en el oficio de escribir. Y no es otra cosa que responder a la pregunta formulada así por Tzara en traducción de Fernando Millán: «¿qué pluma escribe la extraña carta circular del horizonte doliente?».





