Sobre quién soy

Me llamo Carlos Jiménez Arribas y nací en Madrid, en 1966, en pleno desarrollismo. Mis abuelos sabían leer y escribir y poco más, y labraban el campo con usos y técnicas que no habían cambiado mucho desde el Neolítico. Yo vivo en la era .com, tengo estudios y solo utilizo las manos para teclear en el ordenador o en el móvil: el cambio ha sido dramático, sobre todo, en un país como España, y eso tiene que haber dejado su huella en la fibra emocional de más de una generación. En mí, desde luego que la dejó. Recientemente, el libro de Sergio del Molino, La España vacía, ha balizado un poco ese terreno, que es tan real como imaginario, y no estaba muy transitado. El éxito de su libro nos habla de que quizá haya una parte de nosotros que no hemos acabado de asimilar del todo.

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De pequeño era muy empollón y relativamente sensible; me gustaba leer, jugar al fútbol, ayudar a mi abuelo en las faenas del campo, cuando pasaba con ellos los veranos, mirar y admirar a los animales, salvajes –los pocos–, y domésticos, los más: las heroicas vacas, las mullidas ovejas, las cabras, que son como de otro planeta, los cerdos, tan fascinantes y parecidos a nosotros, la perra Linda y el burro Bicicleto. Unos años más tarde, me torcí, empecé a ir mal en el instituto y repetí C.O.U., con Historia y Literatura. Luego me enderecé, aunque nunca supe muy bien distinguir los renglones torcidos de los derechos, ni si Dios escribía en papel pautado o en un folio en blanco. 

He trabajado de profesor de inglés en varias EOIs de la Comunidad de Madrid, un trabajo digno que, durante 25 años, me alejó de mi ensimismamiento. Pero no puede ser, porque la cabra, ese bicho que parece de otro planeta, siempre tira al monte, es decir, al desierto.

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No recuerdo haber escrito nada antes de los 24 años. Unos versos octosílabos obscenos como variaciones sobre el Cantar de Mío Cid, cuando estaba en segundo de B.U.P., directamente en el pupitre; y un pequeño relato en la mili, poco más. Pero nada más empezar cuarto de Filología Inglesa, después de una especie de epifanía que tuve ese verano en el Lake District, al norte de Inglaterra, en el curso en el que se estudiaba la poesía inglesa en el plan de estudios antiguo, descubrí una vocación y empecé a escribir.

Escribir es lo más parecido a una travesía del desierto: nos tienta la desidia, el miedo, la falta de fe; nuestro gozo, las más de las veces, acaba en un pozo, no precisamente en un oasis; y volvemos con tierra en las sandalias y polvo en la mirada.

Bendita arena de los días.  

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